domingo, diciembre 31, 2006

Conciencia Penetrada (Asesino de fin de año: segunda parte)

11:55. 31 de diciembre de 2006. Hace exactamente un año su mano titubeó antes de hacer el último trabajo de su anterior actividad: la de asesino. Aún, en las noches, cuando cierra los ojos recuerda a la niña tratando de despertar a su padre mientras él simplemente se desvanecía entre las sombras. Hoy ya no se encuentra camuflado para pasar desapercibido, su cabello ha crecido y sus ojos ya se ven; incluso le ha dado cabida a la vanidad. Aún le queda difícil sonreír, pero su mundo ya no es un enigma total: al menos provoca uno que otro comentario de los vecinos.

11:56. Su arma ya no es más que hierro fundido, su larga gabardina ahora es el abrigo de algún personaje de la calle que le estará regalando historias a las sombras en las que este ex – asesino solía habitar. Ya sus pensamientos aparecen, el silencio de su mente que lo acompañaba en lo momentos de disparar ya no es más que un hábito dejado atrás.

11:57. La soledad sigue siendo su compañera, pero ahora es una soledad esperando compañía, una soledad reflexiva. Su mesa, ahora más completa y llena de comida, ya no tiene bebidas alcohólicas y parece esperar compañía.

11:58. Su nueva conciencia penetrada ahora se sumerge en los “¿Por qué?” de lo que ha pasado, en los “¿cuándo?” de los planes futuros y los recuerdos cicatrizados, en los “¿Cómo?” de los nuevos proyectos y en los “¿Para qué?” de un año que se está acabando y de otro que está por comenzar.

11: 59. Un minuto de silencio por todos aquellos que hoy descansan en paz por culpa de la mano asesina que hace un año renunció a cobrar las cuentas de otros y renovó su facultad de valorar, de reconocer lo humano en los otros y de sentir lo que la vida y la gente ofrecen.

12:00 El reloj despertador le avisa al solitario reflexivo que se cumple exactamente un año en que tuvo que salir llorando a escondidas de la escena del crimen. Una lágrima de tranquilidad ahora arrulla su mejilla.

CINCO MINUTOS ANTES DE ACABAR EL AÑO, ES UN BUEN TIEMPO PARA REGALARLE UNA IMAGEN RELÁMPAGO A TU CABEZA Y DARSE UNA LÁGRIMA DE TRANQUILIDAD.
FELIZ 2007.

domingo, diciembre 03, 2006

Ángel Caído


El dolor de cabeza es insoportable. La luz falta. El ruido es tormentoso: muchos automóviles, muchas personas, muchas cosas sin sentido, muchas luces artificiales. Toda la vida celestial de Philoel fue llevada a la perfección, sus acciones de guardia y cuidado de los humanos a su cargo fueron siempre excepcionales. Amores recuperados, batallas ganadas, almas renacidas y muchas más cosas hacían parte del curriculum vitae de este ángel que siempre dedicó su inmaculada voluntad el mejoramiento del estar de los humanos en eso que ellos mismos llaman mundo cruel.

La inclemencia de las fuerzas poderosas que gobernaban sus acciones, nunca le perdonaron el haber pasado por alto una sola cosa: no podía caer ante las tentaciones de los humanos. Hermosas comidas que no sabían a nada, olores impresionantes que nunca fueron sentidos, el tacto de las texturas de la naturaleza que él mismo defiende. Hundido en la paradoja de cuidar lo que no puede disfrutar, su curiosidad se juntó con su incapacidad para aceptar esa situación que lo ponía como el que alza el telón pero no disfruta nunca de la tensión.

Alguien le dijo que existen muchos modos de sentir todo eso que ha defendido a través de la eternidad; un modo de volverse finito, extinguible con un cuerpo caduco pero educable. Todas las noches se preguntaba si tenía o no la necesidad de satisfacer esa curiosidad o simplemente si su imaginación hiciera las veces de sus sentidos y seguir respondiendo con la frase: “imagino que debe ser algo como…” cuando los ángeles novatos le preguntan: “Philoel ¿a qué huelen las rosas?... ¿cómo se siente el pelo de la crin de los hermosos corceles de las praderas?

Philoel también se educó para ser ángel guardián teniendo que imaginar los olores, los sabores y las texturas. Sólo conoce lo que sus maestros repetían de los intentos humanos por describir un olor o un sabor.

Poco a poco el desespero de Philoel si volvió intolerable, incongruente con su condición de ser eterno y decidió la caída… Se asesoró de aquellos que lo tentaron a ser humano y siguió todos los pasos. Luego de un largo y duro proceso en el que conoció el dolor físico a través del tacto, conoció la luz deslumbrando sus ojos, conoció ardor del sol sobre su piel, conoció el cansancio de los músculos, los estornudos provocados por el polvo en una nariz inexperta. Conoció la condición humana.

Philoel, ahora Daniel estaba feliz de encontrarse con lo olores, los sabores, las sensaciones táctiles, el sentir el piso por el que se camina. Sus alas se han venido cayendo y su cara ha tomado el color de la piel humana. Sus vestidos siempre blanco-grises llaman la atención sin robar malos comentarios. Es como haber nacido consciente de que se puede aprender y aprender y aprender.

Sin embargo, hubo una noticia que no le dieron a Daniel: el hambre aparece y se hizo necesario empezar a mendigar para poder comer sin saciarse. Los virus, las enfermedades lo cogieron como a un bebé y pudo saborear la convalecencia. También pudo saborear la soledad y la falta de omnipotencia… conoció de frente el sentimiento y la rabia del querer hacer algo y no poder lograrlo por las limitaciones de su nueva humanidad.

Ahora se pregunta “¿Qué será más valioso, una vida sin las hermosas sensaciones o el padecer al mismo tiempo que se siente el goce? ¡Interesante condición humana que soporta la tristeza cotidiana, la hace suya y normal y, de vez en cuando, se detiene a saborear lo que los sentidos le traen”

Philoel decidió ser humano y, al convertirse en Daniel extrañó su condición angelical, pero su nueva mortalidad lo convirtió en un libro abierto que hoy por hoy, va cambiando el poder volar de un lugar a otro en un parpadear de ojos por la posibilidad de sentir el aire en su cara por la ventana del autobús.

A pesar de ser un libro abierto con todas las páginas en blanco y de disfrutar de su nueva sensibilidad, no venía equipado para manejar la condición humana y se rindió ante el desamor y la indignación. Antes simplemente ayudaba a los humanos a mejorar, ahora tiene que soportarlos y eso fue algo que nunca supo hacer. Su verdadero descenso acaba de empezar, al conocer otros placeres que no van de lo angelical a lo humano sino que lo devuelven hacia los cielos; las drogas alucinógenas lo mantuvieron en el limbo entre su angelicidad y su humanidad… sus intentos fallidos de regresar lo llevaron a una sobredosis de sensaciones.

Su alma voló, su memoria se borró y ahora es Emnel el nuevo novato y su primera clase es: “imaginen el olor de una rosa como el de…”

domingo, mayo 14, 2006

En Blanco y Negro


En blanco y negro estoy triste o feliz, me son negadas la felicidad acomodada y la nostalgia moderada.
En blanco y negro estoy de acuerdo o en desacuerdo; me es negada la perspectiva inteligente que se alimenta de los argumentos.
En blanco y negro amo u odio; me es negada la posibilidad de amar por odiar o de odiar porque amo y la cómoda alternativa del reclamo al sentirme olvidado.
En blanco y negro no hay sombreas, solo oscuridad o luz; me es negada la caricia del amanecer o el asombro del atardecer.
En blanco y negro no tengo ritmos; me es negada la transición entre los pasos, sólo tengo saltos.
En blando y negro duermo o sueño; me es negada la pregunta por las razones de mi oniricidad y esa imagen hapnoidea que me trae grandes ideas.
En blanco y negro los cuellos son largos o cortos; no hay la medida que me excita y que me pone a jugar con la imaginación.

"No todo es blanco o negro, es gris, todo depende del matiz"
- Mägo de Oz –

domingo, abril 09, 2006

La dínamis de la paciencia


Gustavo tenía años esperando, luego de estudiar muchas posibilidades, riesgos y ganancias, el momento en el que la mayor noticia de su vida fuese revelada. En total fueron cinco años y medio; cada día que pasaba alimentaba la ilusión y la alegría proporcionada por la imaginación de ese día. Unos días antes, una carta llega a Gustavo:

“Querido Gustavo: Eso que tenemos planeado para dentro de unos días tendrá que esperar un mes más, he encontrado algo que me ha hecho pensar las cosas…”.

De pronto empezó a hiperventilar, su genio empezó a fluctuar entre la incertidumbre, la rabia y, de pronto, apareció ese extraño sentimiento: la impaciencia. Dentro de sus extraños movimientos reflexivos se preguntaba a sí mismo: “Si he esperado cinco años y medio su regreso y a la realización de nuestros proyectos – se decía para sí mismo tocándose la barbilla y con la mirada en el techo – “¿Por qué entonces ahora me siento impaciente? ¿Será que el tiempo que esperé tenía un fin específico y planeado? ¿Será que su énfasis en el pasado cuando dijo “teníamos” de pronto mata mi ilusión de lo planeado? ¿Será eso que la hizo pensar, lo que aumenta mi incertidumbre? ¿Será entonces que la paciencia no tiene que ver únicamente con la espera? ¿Qué acompaña a la paciencia? ¿Será también que la paciencia o impaciencia están relacionadas con el afecto invertido en la otra persona?

Gustavo, tal vez, se dio cuenta que, de todas formas, la impaciencia es el producto de una desilusión que se forma en el tiempo y no se realiza en el espacio. No logrando llegar a ser más que el la expresión afectiva de la incertidumbre y la hermana gemela de la Angustia.

domingo, marzo 19, 2006

Mujer: Eres...


Eres la condición de posibilidad de mi existencia: de tu feminidad se hizo posible mi ser en el mundo.
Eres el sustento de los sueños románticos y eróticos: de tu feminidad proviene mi amor y mi deseo.
Eres fuerza, escondida en la fragilidad que exige respeto.
Eres discreción e inteligencia con traje de sensualidad.
Eres belleza y tacto, olor y sabor: eres la sensibilidad corpórea y la vivencia espiritual echa cuerpo.
Eres imagen y causa de imagen, eres música y causa de música, eres poesía y causa de poesía: eres musa.
Eres ternura y agresividad en la amalgama perfecta de lo misterioso que seduce.
Eres finalidad.
Eres pregunta y respuesta, y un hilo de argumentación que explican la posibilidad de ser feliz.
Eres mujer.
____________________________
Con muchísimo amor, en el mes de la mujer, a mi inspiración más profunda en mi vida: mi preciosa. TE AMO.

martes, febrero 21, 2006

El oxígeno sabe a culpa y a nostalgia


Doce movimientos de inhalación y exhalación por minuto. Ese es el ritmo con el que el sueño se intercala con la vigilia y las voces del afuera se confunden con las del adentro creando un estado en el que sólo el recurso a la memoria le da sentido a una existencia limitada a un tanque de 12 regalos de vida por minuto.

Los recuerdos se acumulan y parecen archivarse en la línea del tiempo; preguntando, contestando preguntas por medio de la introspección, aliviando, escondiendo y, sobre todo, recriminando, insertando el tono del arrepentimiento y pidiendo cuentas a un cuerpo que, en este momento, sólo sirve para pedir perdón y ofrecer disculpas.

El narcisismo de Luis nunca se sentó a preguntarse por las consecuencias de sus actos en su consciencia y en los demás. Y, ahora, que depende de las decisiones de aquellos a los que a dañado con algunas de sus acciones, quienes tienen el poder de dictar la sentencia de su desconexión o del prolongamiento de su existencia a 12 revoluciones por minuto.

Fernanda entra a su cuarto todas las noches y alivia la culpa con recuerdos hermosos de vida juntos, de todas aquellas cosas buenas que se han logrado en estos años que han pasado.

- No te sientas intranquilo, - le dice Fernanda casi como si estuviese despidiéndose - estoy bien y mi recuerdo de ti siempre será un motivo para seguir adelante, así tenga que recordarte 12 veces cada minuto -.

miércoles, febrero 08, 2006

Juegos Rotos

Su amigo más cercano, un balón de fútbol, yace agonizante junto con el camión de juguete que, acostado de medio lado, se pregunta por qué Nicolás, con tan sólo cinco años, los tiene tan olvidados.

Todas las noches Nicolás llegaba a su cuarto directamente a la cama, sin decir palabra. Su llanto se acomodaba debajo de las cobijas como si no quisiese ser escuchado. Los sollozos iban cesando a medida que el sueño aparecía al rescate de la tristeza ante la vigilia.

Un día, la culpa le dio un regalo a Nicolás: un osito de peluche que, todas las noches, se convertiría en el receptáculo de sus más oscuros secretos. Cada noche, Nicolás le decía al oído a su nuevo amigo:

- Hoy fue peor que las veces anteriores, el tiene mucha fuerza y, por más que se lo pida, no se detiene. No lo entiendo, nunca me deja tranquilo y no se da cuenta de que tengo que hacer cosas que duelen y que no me gustan. Mi momento preferido es acá, en la cama contigo, pues espero impaciente que el sueño me venza para poder soñar que soy como los demás niños -.

martes, enero 24, 2006

Domando a la Bestia 2 (El Absurdo Escape de la Desesperación)


Más o menos cuarenta centímetros separaban a Raúl de la pared. Una pared convencional de una casa cualquiera que como muchas es testigo de un momento de desesperación de un ser que parece estar metido en una caja negra, sin salidas, que busca llegar a momentos de luz, pues las tinieblas le hacen sentir como un monstruo al que la falta de luz le ha atacado con fuerza y provocado la adaptación de su cuerpo.

Una vez más, un momento de desesperación atacaba a Raúl y cada vez que cerraba sus ojos, sólo veía oscuridad, puertas cerradas con ventanas pequeñas. Se veía a sí mismo como un ser transformado por la ira incontrolada, con extremidades poco conocibles por la tranquilidad y la cotidianidad de una vida de civismo y decencia. Encerrado en las tinieblas un poco de consciencia quedaba en sus pensamientos y seguía preguntándose por la manera adecuada de salir de las tinieblas ¿Acaso la paciencia? ¿Acaso la espera de un juez que apagara su condena? ¿Acaso respirar profundo y esperar que la sangre baje de la cabeza? ¿Acaso un libro de instrucciones llamado “como entender la desesperación”?

Pasan más minutos y la respiración agitada y los gritos ahogados se convierten en los únicos sonidos existentes. La pared aparece como testigo y como solución. Hay erupción y con una velocidad suficiente la cabeza de Raúl escapa de la desesperación tratando de romper la pared de enfrente, la caja negra se tambalea y las manos de la indignación y la empatía, con algunos ingredientes de culpa, acogen a Raúl y lo dejan sumergido en un largo letargo cuyo único sonido es siempre una pregunta ¿Por qué y cómo es que fui capaz? La injustificada acción pasa de ser un acto de escape a una demostración infantil de tratar de recuperar el control con la única consecuencia de la autocompasión inútil y un escandaloso hilo de sangre bajando por la frente de un hombre que una vez más se asemeja a una bestia, cambiando cada vez más en aquello que desconoce y que la mayoría de las veces odia. Entre la animalidad y el capricho nace una bestia nueva que tiene que ser encerrada para no perturbar el habitad de la tranquilidad.

Y Yanira sólo observa atónita preguntándose sí tiene que pedir perdón o no por lo que acaba de ver.

sábado, diciembre 31, 2005

Asesino de fin de año


Son las 11:55 de la noche de un 31 de diciembre. La luz de la luna se cuela a sus anchas por la ventana de una pieza alquilada específicamente para tener la vista hacia el departamento del frente. En la pieza solo hay dos sillas de plástico, una mesa improvisada con una caja de frutas, una botella de güisqui barato a la mitad y la figura de un hombre con una ética distinta que intenta hacer su trabajo de la mejor manera posible.

11:56. Un arma para estrenar, una escopeta recién escogida para un trabajo especial. Un hombre con rasgos bruscos y siempre con sus ojos escondidos detrás de unas gafas para el sol, limpia el artefacto asesino con cuidado y empeño. Hace su trabajo con pasión, así como el que ama lo que hace. No se detiene a pensar en nada, sólo sigue los mismos pasos que ha seguido por años, con tranquilidad.

11: 57. En el departamento de en frente una niña de unos ocho años ayuda a su mamá con los preparativos de la cena: un pavo, algunos pasabolas típicos de la región y un mantel hecho a la medida para esa mesa de tres que despedirá el año con una oración de gracias y una cena en Familia.

11:58. El timbre suena, la puerta se abre y la voz de la pequeña grita con la alegría de ver a esa persona luego de varios meses de ausencia

- ¡Papá, papá! – corre y salta hacia él – ya era hora de que llegaras – replica con un gesto de rabia y ternura combinadas.

El hombre la alza y la abraza cerrando los ojos y sintiendo ese pequeño cuerpecito que le recuerda lo que vale el sacrificio de esos cuantos meses de ausencia. La mujer hace lo propio: lo besa y lo abraza mirándolo con un poco de recriminación pero sin dejar poder esconder la felicidad que le daba verlo de nuevo.

11:59. El cuarto empezó a tornarse frío y la gruesa gabardina de dril por primera vez pareció débil. Una escena como la que este sombrío personaje estaba viendo en frente, normalmente no lo conmovería pero, algo extraño pasaba en el ambiente, de pronto sus ojos ya no estaban tan concentrados, sus manos no estaban tan firmes y el rifle nuevo se sentía extraño. El hombre al que debía matar, pasaba esos meses de ausencia haciendo negocios sucios, extorsionando mujeres aprovechando sus atributos físicos, estafando a grandes comerciantes y, este fin de año, se metió con la persona equivocada: un político corrupto con un pasado oscuro y violento, el jefe de este asesino a sueldo que hacía justicia social por fuera de la ley.

12:00. Por primera vez, en contra de su voluntad, el ajusticiador a sueldo, disparó esa arma. La bala salió al mismo tiempo que una lágrima que dolía bastante, pues pareciera que el frío de la misma, bajando por la mejilla, rompiera contra el calor de la emocionalidad necesaria para disparar contra un hombre directamente al corazón.

Los gritos de la niña y la mujer hicieron eco y poco tiempo pasó para que las sirenas las acompañaran. Para entonces, el tosco hombre caminaba sobre una acera mirando para abajo inundado en llanto silencioso.

A veces, cuando una etapa se acaba, sentimos la necesidad de matar muchas cosas malas y desagradables del pasado y de empezar con otras nuevas, de cambiar algunas actitudes y de otorgar nuevos tonos a aquello que hacemos todos los días.

QUERIDOS LECTORES. UN FELIZ AÑO DE PARTE DEL PINTOR DE PALRBRAS. Que maten todas esas cosas feas y que le otorguen nuevos tonos a eso que hacen todos los días.



martes, noviembre 15, 2005

Hans: Un Ser de la Sublimación

Letra sobre letra, Hans es la expresión de un escritor deprimido. Éste lo construyó con una fuerte mirada que pareciera ser el producto de una dolorosa historia de vida ¿La misma del escritor?
¡No se sabe!

Construyó a Hans con una larga gabardina que cubriera los defectos provenientes de la inseguridad, una fuerte y hermosa cara que combatía la timidez y una autoimagen derrumbada; como un habitante de la oscuridad, sin temor alguno; como un hombre sin piernas tenebrosas ni brazos cruzados ¿Acaso el cuerpo del autor?
¡No se sabe!

El escritor dotó a Hans de un arma poderosísima, larga, fuerte y efectiva ¿Será que el escritor está desarmado?
¡No se sabe!

Hans tiene un nombre Alemán, tosco y seco, defendido ¿Cómo se llamaría el escritor?
¡No se sabe!

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* La sublimación es una forma de compensación o de satisfacción de una necesidad a través de un substitutivo: ya sea la escritura, el dibujo o creaciones teóricas. Es llevar el instinto a la producción intelectual o artística, incluso a la práctica de algunos deportes o a la ejecución de actividades varias. El individuo renuncia voluntaria y forzosamente (de manera inconsciente) a la satisfacción de tipo elemental y se compensa con una nueva forma.

martes, noviembre 08, 2005

Esa Mirada

Esa mirada que confía.
Esa mirada que pregunta.
Esa mirada que me insita a bajar la cabeza o a subir el pecho.
Esa mirada que no está ausente aunque no estén tus ojos presentes.
Esa mirada que sonríe.
Esa mirada que castiga mis descuidos.
Esa mirada que alaba mis aciertos.
Esa mirada que enseña.
Esa mirada que gatilla mis motivos, mis razones y mis instintos.
Esa mirada que calienta mis fríos y apaga mis bríos.
Esa mirada que me controla con sabiduría.

No siempre me ves pero siempre me miras, me sigues pero no me persigues.

Esa mirada me cohíbe, me excita y me estremece.
Esa mirada me pone de frente a la existencia en su máxima expresión: corporeidad, relación intermediara entre espectros y colores; sabores y resistencias.
Esa mirada me lleva hasta ti y me trae de vuelta sin separarme de ti.
Esa mirada congela el pasar del aire, del tiempo, del dolor, del pensamiento.

ESA MIRADA, TU MIRADA, ES LA REPRESENTACIÓN DE LA ETERNIDAD EN UN INSTANTE

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Para mi musa en nuestro día. ¡No me dejes de mirar nunca! Feliz día, Te amo.



miércoles, noviembre 02, 2005

Metamorfosis de disfraces


Era 31 de octubre de un año cualquiera. ¡Truco o travesura! Gritaban los niños afuera, pidiendo dulces a cuanto se haya acordado de comprar caramelos para complacer las demandas de feroces lobos, princesas de cuentos de hadas, marineros, superhéroes, animales de todas las selvas y desiertos del mundo y hasta personajes de la vida pública.
Otros niños más grandes se refugiaron en las discotecas, no pedían dulces pero endulzaban la noche con una, varias o muchas copas. ¿Habían visto una enfermera embriagada hasta la inconsciencia abrazada de Michael Jackson? ¿Acaso un sacerdote dándose un apasionado beso con una sexy empleada del servicio? Las combinaciones más extrañas rompen las barreras de la realidad dándole posibilidad a la fantasía.

Mientras, en una habitación de una casa cualquiera, sumergidos en el silencio él le pregunta a ella:

- ¿Truco o travesura? -.

Ella simplemente sonríe, disfrazándose de enamorada y le indica que él decidirá. Él, entonces, se quita el disfraz de cotidianidad y sin recurrir a telas brillantes, lentejuelas o curiosidades de modistas, se disfraza de un mimo desnudo, sus palabras se convierten en gestos y con cosquillas le quita el disfraz de la costumbre a ella; ya no es más la mujer trabajadora de todos los días, sino que queda disfrazada de Eva antes del pecado: sin vergüenza por su desnudez.

El mimo y Eva poco a poco pasan a disfrazarse de pasión, no hay música como en las grandes fiestas, pero el ritmo de la respiración marca el tempo de cada momento. El desfile de los disfraces comienza: él pasa de tímido primerizo a experto amante, pero sin antes dejar de disfrazarse de fiera o de bebé consentido; ella dejó su disfraz de virginal Eva y se vistió de juegos pirotécnicos, de muchos colores y sentimientos. La música de la respiración se tornó más rápida, ahora, juntos se disfrazaron de sublimidad y de temporalidad congelada. Entre trucos y travesuras pasó así la noche de Halloween y fue entonces cuando se disfrazaron de bellos durmientes esperando por el beso del amado a la mañana siguiente.

miércoles, octubre 26, 2005

¡Me bebí un Streaptease!

Wilson, un joven moreno, vestido con un chaleco de paño verde gastado y barato, como cualquier mesero, extendió su brazo.

- Don Fernando - Me dijo –. Acá está su favorito, un martini seis, como usted le llama.

Sonreí, le di las gracias y me senté acompañado de ese trago que ahoga, cada noche, el agobio de las voces de la rutina y el tráfico taponado de carros, pasiones y razones.

Al primer Sorbo, un saxo desafinado empezó a entonar un tango que se las arreglaba para llegar a mis oídos cansados, evitando los cantos estridentes de los borrachos y los pedidos del ingrediente etílico que empezaban con un grito imperativo de algún borracho llamando a Wilson.

Al segundo sorbo el anfitrión vocifera por un micrófono mal calibrado:

- ¡Señores, suelten sus copas y alisten sus palmas para recibir a Stefany! – alargando el final del nombre hasta que la respiración resistió, el robusto anfitrión le roba el estilo a los comentaristas deportivos al cantar un gol.

Un tercer sorbo anuncia la llegada de Stefany y la copa que distorsionaba mi vista, hacía las veces de telón a medida que la quitaba de mi cara al terminar el sorbo, dejándome ver a una mujer atlética vestida con un enterizo de cuero azul y naranja, pegado al cuerpo, recordando a las villanas de las tiras cómicas.

El hombre del saxo empezó a imitar, sin mucho éxito, un Jazz afro americano de los años sesenta del siglo que acaba de pasar. Por su parte, Stefany se ayudaba con un cilindro de acero que llegaba hasta el techo naciendo del piso de la tarima. El baile convirtió al cilindro en un brillante bailarín de plata que la sostenía en el aire como en las mejores piezas del ballet.

El cuarto sorbo fue el preludio de la piel expuesta. Seguí con mi mirada las uñas rojo carmesí que halaban lentamente el cierre poco a poco hasta unos centímetros más abajo del ombligo; un óvalo vertical perfecto y seductor. Brazos y piernas se liberan con gracia del cuero.

El hombre de la batería inició una percusión caribeña y más acelerada.

- ¡Eso! – gritaron los borrachos y chocaron copas al ver los hombros de Stefany que se sacudían con el sabor del trópico de donde era oriunda.

Calculé dos sorbos más para acabar mi trago y salir. Tomé el quinto, Stefany lo acompañó y se desabrochó el sostén dejando al aire sus redondos y perfectos pechos que, automáticamente, robaron silbidos y comentarios de fuertes tonos de los embriagados.

De pronto los ojos miel de la exótica bailarina, que se podían adivinar a través de esos rizos negros que caían sobre su cara por acción del baile, se clavaron en mi copa con una mirada sensual que levantaba las cejas invitándome a tomar ese último sorbo para desnudarla. Me dio la espalda con una risita pícara y me hizo esperar un poco más para decidir tomar ese último sorbo.

Un sostenido en mí bemol del saxofón y el eco del platillo que marcaba el final de la intervención de la batería, fueron la banda sonora de mi brazo estirado, brindando por el intercambio inminente de un sorbo de mi martini seis por una pequeña prenda que inauguraba el erotismo de mis ojos. ¡Qué final, el mejor martini que me he tomado en mi vida!

Stefany me sopló un beso y se dio la vuelta tras la típica cortina roja que separaba al público de lo verdaderamente íntimo en esa mujer.

Me puse de pie, caminé hacia la barra y le extendí el brazo a Wilson con un billete grande:

- Guarda el cambio – Le dije guiñado el ojo –. luego tú invitas.

El joven se río educadamente y me dio las gracias.

Salí del bar y el frío me pegó en el cuello, subí la solapa de mi gabardina para cubrirme un poco y paré un taxi que poco a poco me alejó del recuerdo de un buen trago antes de dormir.

- ¿Mucho traguito patrón? – me dijo el taxista, tal vez notando mis ojos distraídos.

Recosté mi cabeza en el espaldar del asiento, sonreí y le dije:

- No mucho, ¡sólo me bebí un streaeptease!

sábado, octubre 15, 2005

Vendedor de Visitas (Segundo Acto de Paranonía y Pinceles)


Muchos se preguntaron por el paradero de Arnulfo luego de conocer su suerte y la de su madre. Otros, aquellos que compraban retratos de lugares visitados, tuvieron noticia de Arnulfo pero sin conocer su pasado. Sí, Arnulfo desde hace 15 años, se había dedicado a darle vueltas a lo que él conocía como mundo: algunos sitios turísticos, una que otra casa de caridad y las calles conocidas de esa cuidad que contiene su memoria en las paredes. Ahora, en agradecimiento con esta cuidad que le había servido de lienzo, este huérfano artista decidió retratar cada lugar que visitaba y vendía los retratos al mejor postor: un turista maravillado con algún sitio histórico de la cuidad o uno que otro pintor aficionado que quedaba encantado con el talento de Arnulfo. Se había convertido en un vendedor de visitas.

Un par de tenis de lona descastados, unos pantalones cortos y un saco de lana con las mangas descubiertas eran su atuendo diario.

Pareciera que nuestro amigo llevara una vida tranquila, pero en las noches la historia era distinta. Una vez cerraba los ojos, la imagen de Indiana tosiendo, luchando por respirar con bocanas de aire gigantescas que apenas le dejaban seguir con vida, aparecía ante sus ojos. En ocasiones, la imaginaba gritándole y regañándole por no hacer uso adecuado de los crayones. Es cierto, la culpa mataba a Arnulfo todas las noches, con pesadillas, sudor en la frente y con juez producto de sus fuertes alucinaciones que había empezado a tener hace algunos meses. Este juez, todas las noches le ponía duras pruebas:

- Muchacho – le decía una voz ecoica que parecía del más allá pero que sonaba en el más acá, de tono grave y ajusticiador – tus pasos serán pesados, y tus manos y brazos tendrán que fortalecerse. Por esa razón, estarás condenado a pintar con esos brazos de acero forjado en las llamas de tu culpa por que tus brazos no alcanzaron a salvar a tu madre.

- ¡Yo hice lo que pude! - Arnulfo rompió en llanto – cuando el cambuche cayó hice lo posible para ayudarla, pero ella tocía y tocía y sus pecho silbaba con fuerza; yo busque la frazada para abrigarla – tartamudeó un poco, se secó las lágrimas con sus guantes blancos que siempre estaban exageradamente limpios – pero todo fue inútil, todo fue inútil. ¡Todo fue inútil! – terminó con un estruendoso grito empuñando sus pinceles, como si fuesen espadas que quisieran callar la culpa.

- El dolor es tu condena muchacho, – le respondió con fuerza el representante de la culpa poniéndole el dedo amenazadoramente en el pecho y enterrándolo como si quisiera llegar a su corazón - no tienes el derecho de hacerte de amor o de amistad, porque no fuiste capaz de responder a los cuidados quien te quisó. Por eso, estarás condenado también a la soledad y no podrás más que hacer que tus pinturas muevan las fibras de quién las vea.

El llanto de Arnulfo se tornó agudo y penetrante, tanto que un veterano de guerra le escuchó y le acompañó consolándolo. Pero Arnulfo, que sentía sus brazos pesados y su cabeza caliente le respondió con fuerza que se marchará, que él nada podía hacer y le empujó haciendo que su boina cayera al suelo.

- Quédatela – le dijo el anciano levantándose y sacudiéndose el polvo – de todas formas ya estaba vieja y parecía reclamar otro dueño.
Mientras se alejaba ese hombre, Arnulfo suspiró, se secó las lágrimas y le dijo:

- No, espera – estiró el brazo con el retrato de la calle en la que estaban - llévate esto. Que sea el recuerdo de tu visita.

El hombre sonrió tímidamente con un pequeño gruñido de aprobación y sin decir nada, caminó unos cuantos pasos y empezó a llorar tímidamente, tres lágrimas se escurrieron, pero su machismo no las dejó correr más que unos centímetros por sus mejillas.
-Después de todo, mi nieto es un buen hombre -. Pensó.

Pasaron algunos años y el misterioso veterano murió con la felicidad de encontrar a su nieto, pero antes, le dejó una carta a Arnulfo que decía:

En pocos días, un hogar te recibirá con manos abiertas y serás protegido de toda culpa. Indiana te cuida con mi presencia.

Arnulfo nunca supo que el veterano era ese abuelo que no lo había querido reconocer. La intrigante conexión con Indiana y el anciano, más el miedo por las acciones del justiciero le hicieron aceptar la propuesta, pues el recuerdo de la frase “estás condenado a la soledad” parecían ser la demostración de que el justiciero estaba cumpliendo su promesa.

Se internó entonces, por su propia voluntad, en un hospital psiquiátrico en dónde lo esperaban recomendado por el teniente Arnulfo López. El gesto de la pintura había convencido al arrepentido abuelo de resarcir la indiferencia frente al nacimiento del vendedor de visitas.

A la larga, los pinceles terminaron siendo sus amigos, y sus dibujos y pinturas, parecían cambiar las cosas en el afuera.

miércoles, octubre 05, 2005

La leyenda del renacimiento de Hihán


El equilibrio de energías, esperanzas, posibilidades y proyecciones a futuro se ha perturbado en la vida de Hihán. Su armadura le pesaba lo suficiente como para que la pereza agobiara sus pasos, sus motivos, sus fuerzas, sus movidas con su punzante y delgada espada. Tenía todo lo necesario: una armadura muy fuerte, una espada poderosísima, forjada por los mejores herreros y poseedora de las historias más bravías de éxito estratégico y militar. Era la legendaria espada de las batallas que liberaron su dinastía de la opresión de los emperadores corruptos. Pero aún así, su espíritu estaba enfermo.

Esa legendaria espada, Hihán la había heredado de su protector, Pharean, quien lo encontró hace poco más de una década abandonado en una carroza campesina llena de paja a pleno rayo del sol. Pharean vio en él la oportunidad de hacer que sus mejores habilidades y conocimientos acerca de la vida encontraran el camino que su infertilidad le había negado. A Pharean no le importaba la proveniencia del misterioso niño a quien más adelante, en honor a su padre, le llamó Hihán; lo único que le interesaba era que, ahora, la vida le había ofrecido la oportunidad de hacer que su sabiduría y toda la herencia cultural de su dinastía no muriera con él, pues la enfermedad ya era amiga de su cuerpo y sus brazos y piernas, habían perdido un ritmo que el viento envidiaba.

Hihán, portador de una herencia incalculable en términos políticos, culturales, mágicos y militares, fue educado a desvelos por Pharean; recibió instrucción en estrategia militar, en las reglas éticas basadas en la sabiduría de la naturaleza y el curso del Tao, en las artes de la persuasión, el camuflaje y, claro, en el manejo de la armadura y la espada, la legendaria espada de su abuelo adoptivo Hihán, que merecía un portador experto no sólo física, sino emocionalmente.

A pesar de la excelsa educación de Hihán, su momento espiritual estaba totalmente desequilibrado, sus fuerzas estaban en el mismo nivel que su enfermo padre antes de morir. Pero Hihán no estaba enfermo, simplemente había descuidado su disciplina, pues ahora que es el miembro mayor de su dinastía, dejo de entrenar y meditar y una gran responsabilidad empezó a demostrar que, en ocasiones, no es la mejor compañía para la juventud.

El momento espiritual de Hihán empezó a sumergirlo en una pasividad perjudicial para él y su dinastía. Ante el señalamiento imponente de algunos de los sabios viejos de la comunidad, Hihán empezó a regalarle culpas a la monotonía y a la ignorancia de no conocer la razón de sus afecciones. Muchos se daban cuenta de que Hihán no estaba obrando con maldad o despreocupación, pero su espíritu estaba ensimismado en una paz ficticia.

Una mañana, después de levantarse a causa de fuertes pesadillas sobre la muerte de su padre, del agua del antejardín de su mansión, empezó a surgir la figura de Pharean:

-hijo- dijo con una voz ecoica que le daba un aspecto angelical y tenebroso al mismo tiempo - tu muerte se ha hecho necesaria ¡Muere hijo, muere!-

Los ojos abiertos de Hihán, que estaban acompañados de sus pobladas cejas arqueadas y levantadas, no fueron una reacción extraña, no ante la aparición de su padre adoptivo, y sí por la extraña petición que le hizo. Sin pensarlo dos veces, tomó la legendaria espada de su abuelo y llevo a cabo el Sepukku una técnica samurai de suicidio espiritual que consistía en un corte horizontal en el vientre que tenía como resultado la exposición de las vísceras y aseguraba una dolorosa y lenta muerte.

Sus ojos se cerraron después de un largo lapso, aún para el que no estuviese herido. El tiempo pareció mezclarse con el espacio, su cuerpo empezó a alivianarse, la armadura le persiguió y se posó sobre su cuerpo ahora más fuerte, su espíritu de nuevo se encontraba en equilibrio perfecto con la naturaleza que llenaba su ser y la legendaria espada de Hihán se pegó a sus manos como una extremidad más.

Tan extraño fue el renacimiento de Hihán como la aparición Pharean. Todo ocurrió así, efectivamente y fue sólo la decisión de Hihán de no dudar en su necesidad de morir la que forjó la base para su renacer.

jueves, setiembre 29, 2005

PARANOIA Y CRAYONES (Primer acto de Paranoia y Pinceles)


Indiana era el nombre de una mujer que creció en el ambiente menos tranquilo: en las calles. Vagaba de un lado para otro por la geografía citadina. Sin embargo, sus travesías siempre eran acompañadas por un pequeño personaje de un metro veinte de estatura y ocho años de edad llamado Arnulfo, como su abuelo materno a quien no conoce y, por las circunstancias en las que nació, tal vez nunca lo conocerá.

Arnulfo e Indiana llegaban a su modesta morada todas las noches luego de una larga jornada gritando:

¡CRAYONES, CRAYONES DE TODOS LOS COLORES!

Mientras Indiana recuperaba su voz con algunos sorbos de agualluvia recogida de las hojas de una palmera enana que creció al lado de su cambuche, Arnulfo guardaba en una bolsa de plástico aquellos crayones que no se vendían porque se quebraban. Esos crayones eran sus más fieles compañeros, pues le ayudaron a dejar toda su vida en las paredes de la ciudad a través de sus dibujos que siempre firmaba con una "A" en la parte de arriba.
Cierta noche, con muy pocas nubes y una imponente luna, las latas del cambuche fueron abolladas por tres fuertes puñetazos acompañados de un fuerte grito que reclamaba la presencia de Indiana. Los golpes y los gritos no fueron advertidos por el pesado sueño de Indiana, pero el insomne artista sí los escuchó y abrió valientemente y engrosando su voz dijo:

Mi madre descansa ¿En qué le puedo ayudar?

Arnulfo nunca olvidaba la advertencia que su madre le hacía:

Hijo, nunca le abras a nadie desconocido, pues tengo muchos enemigos y muchos de ellos son amigos del mal

Por eso, esta vez abrió, pues el ruidoso visitante era el dueño de los crayones que Indiana vendía. El tosco hombre, que siempre usaba una chaqueta roja de mangas verdes, no acostumbraba a ir a casa de Indiana, pero el remedo de capitalista poderoso había oído que Indiana no dejaba las utilidades suficientes con la venta de los crayones.

Si, Arnulfo conocía la advertencia de su madre, pero su edad no le daba mucho para entender que, a veces, los conocidos también caben en la categoría de enemigos y más aún cuando hay dinero involucrado.

Despierta a Indiana pequeño, es urgente.

Dijo el tosco hombre con voz penetrante. Mientras, el niño, obediente, corrió los cuatro pasos que hacen falta en la pequeña casa para llegar a su madre:

¡Mamá, mamá! Don Isaías llegó. Quiere hablar contigo.

¿Lo dejaste pasar, hijo?

Le reclamó Indiana con ternura al mismo tiempo que se desperezaba y trataba de organizar su desaliñado cabello. Se levantó y se encontró con la tosca humanidad de Isaías cuya mirada se traducía en un reclamo:

¿Qué pasa Indiana? Tus números no me convencen

Acto seguido se dio cuenta de que el pequeño Arnulfo estaba dibujando con los crayones en un pedazo de papel periódico que prestaba sus letras para el lienzo de un incipiente pintor. El hombre estalló cual esposo borracho y sacudió a la mujer rompiendo la improvisada pared del cambuche. El delgado cuerpo de Indiana quedó a merced de la lluvia que minutos antes había empezado a caer. La lluvia se confabuló con el frío y los débiles pulmones de Indiana, que guardaban una fuerte historia de pulmonías y neumonías, empezaron a desprender una tos alarmante que obligó al pequeño a sumergirse en el aguacero para socorrer a su madre.

Mientras, el desilusionado patrón se dejó llevar por la apariencia de haber sido robado y acabó con las otras tres paredes del cambuche y recogió la mercancía, corriendo hacia su Ford del año 49 para escapar de la lluvia.

Arnulfo no hallaba la manera de que la lluvia no siguiera robándole respiros a su madre. Levantó los restos de su hogar y buscó ese edredón que los arropaba a los dos todas las noches... Indiana dejó de toser, de respirar, no dijo ninguna palabra. Arnulfo gritó y lloró:

¿Donde está mi madre ahora? ¿Y donde demonios están mis crayones?
Y los crayones, a la final, resultaron ser también sus enemigos.

sábado, setiembre 17, 2005

Escape Boceteado

No siempre el pintor fue el mejor: sus óleos se derretían, sus acuarelas se secaban y sus lápices y carboncillos manchaban, su caballete cojeaba y sus brochas y pinceles se despeinaban. No siempre el pintor fue inspirado: robaba las ideas de sus pares, entraba en eternos momentos de indecisión antes de hacer una pintura que había visto sólo en su memoria. No siempre el pintor fue sincero: a veces dejaba las obras incompletas, otras veces las hacía sólo por hacerlas y, en ocasiones, las borraba al primer trazo que lo retaba.

Cada vez que terminaba una de sus creaciones se acostaba a la cama enamorado de ellas, pensando “Vaya, esta vez sí que lo he logrado”. Al día siguiente se levantaba y la luz del día delataba los defectos y los problemas que el bombillo de 100 vatios de su habitación no le había dejado ver: su creación no era lo que la noche le había mostrado y de nuevo aparecía frustrado.

Seguía mirando con envidia y ojos de soñador desmentido a los demás artistas de su cuidad: “quisiera lograr esos ojos”, “quisiera poder manejar los colores así” y, de nuevo, seguía copiando las creaciones de otros. Sí, esos otros habían perfeccionado su técnica pero sus resultados no eran maravillosos para su sentir.

Pasaron unos años más y el pintor seguía teniendo los mismos problemas con sus creaciones: no se sentía artista. Cierta noche, mirando hacía el horizonte que mostraba la cuidad dormida, con un manto de luz de luna cubriéndola y unas cuantas luces del los insomnes titilando a lo lejos, sumergido en un llanto rabioso que pronto escapó de la nostalgia, sentía que quería escapar, escapar donde los vicios del artista educado lo dejaran tranquilo y renunciar a lo que había hecho toda su vida y decidió, con un esfero de plástico desechable y media hoja de un cuaderno cuadriculado, plasmar su despedida: un dibujo enigmático, diferente a lo que había echo toda si vida y que por su sencillez y perfección le secó sus lágrimas y, de pronto volvió a sentir eso que sintió cuando hizo su primer dibujo: el de su padre tratando de bajar ese balón de fútbol del árbol de enfrente. Se dio cuenta de que esos dos únicos dibujos, con pocas reglas estéticas y muchísima pasión, tenían una única cosa que los demás no tenían: su interioridad, su vivencia fresca y sincera. No fueron obras creadas, no fueron obras inventadas, fueron obras que tocaron a la puerta del corazón del pintor y pidieron ser pintadas.

El pintor quería escapar y escapó hacía su propio yo, se olvidó de las críticas, de las reglas. Llegó a su destino: el verdadero arte, el de interpretar y significar las vivencias más próximas. ¿De qué sirve pintar la más hermosa de las lunas o el mejor de los paisajes si nunca fuiste guiado por esa luz cuando estuviste perdido o no te manchaste, estando niño, las rodillas de los pantalones con esos pastos?




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También buscaré un escape boceteado. Por eso este pintor se ausentará por semana y media. Voy en busca de inspiración vital, abrazo fuerte y orden emocional. Sí, un pequeño escape.

sábado, setiembre 10, 2005

Salvaje Vs. Salvaje II

Desde que su amada fue arrebatada de sus brazos. Él, el salvaje, sigue en búsqueda de otro salvaje, el salvaje civilizado culpable de la muerte de su compañera. Los años no han pasado en vano: la larga cabellera ha desaparecido junto con el maquillaje de su rostro, y su desnudez fue afectada por sus viajes alrededor del mundo buscando ese hombre blanco que le quitó sentido a su corazón y a su hábitat. Lleva en su cuello el único recuerdo material que tiene de ella, un collar hecho de esos metales raros que crecen en sus selvas que, hasta hace veinticuatro años, eran vírgenes.

Su único pensamiento es la venganza, pero su mirada ya no es de furia, pues la sabiduría del dolor y el recorrido por el mundo, a pie, han sido las circunstancias que le han ayudado a entender que la furia es el peor compañero de la venganza. Ahora, él tiene que pensar tranquilamente, calcular sus movimientos y planear qué hacer cuándo vea a ese hombre del cual quiere deshacerse.

Su delgado, pero aún fuerte cuerpo, ha viajado desde encima del lomo de los elefantes hasta en la parte trasera de un camión, también ha aprendido varias lenguas y ya sabe cómo distinguir quién es de fiar y quién no. Todo es producto de la incansable búsqueda del tesoro más preciado: la tranquilidad de su corazón, cuyos lamentosos latidos le despiertan en las noches exigiéndole unas cuantas lágrimas que le den un pequeño baño a su afligida alma.

En una noche, con sus pies descalzos y ampollados sobre el frío pavimento, en frente de un local de accesorios baratos de una selva de cemento desconocida, vio ese rostro blanco que todas las noches le recuerda el motivo de su travesía. Se queda mirándole fijamente sin decirle nada, con esa misma mirada penetrante que asusta. No habla para esperar el idioma del asesino. El hombre blanco se voltea, lo ve de arriba abajo y le pregunta:

¿Qué me miras? ¿Qué pasa? ¡Vete de acá! ¡Largo!

El hombre de las selvas continúa en silencio provocando más y más gritos del salvaje civilizado:

¿Acaso no me estás oyendo? ¿Sabes con quién te estás metiendo?

El hombre desesperado y ya un poco asustado desenfunda su arma: una Mágnum 45 plateada con cabo de marfil de los elefantes que hace más de dos décadas cazaba en el hogar del viudo, la misma que cantó en contra de su compañera con notas graves y sostenidas que no hacían armonía con sus agudos gemidos de agonía. Todas esas imágenes llegaron a su cabeza, que ahora, luego de tantos años, pensaba con frialdad y seguía en silencio.

¿Habla? ¿Qué es lo que quieres?


El silencio del semidesnudo hombre se rompió y dijo:

Sólo quiero que la paz regrese a mi corazón y que el alma de mi amada descanse en paz y, si su alma no existe, entonces que mi recuerdo de ella no sea su cara inmersa en el dolor de una de tus cobardes balas en su vientre, donde estaba nuestro hijo que ya tenía dos meses de vida al interior de su madre.

El hombre abrió los ojos como si no supiera de qué le estaban hablando y dijo:

¿De qué hablas? A la única persona que he matado no era ni siquiera una persona enteramente, era una mujer salvaje que ni idea tenía de lo que era la vida, sólo gritaba y miraba como un animal asustando a su depredador.

Empezó a reírse despiadadamente y continuaba con su peyorativo discurso:

Y su pareja, un hombre parecido a ti, desnudo con más pelo que un simio y tampoco sabía gesticular una palabra. Un salvaje, sí, un par de salvajes era lo que eran esos dos.

Los ojos del vengador se enrojecieron, y expulsaron unas cuantas lágrimas tímidas cargadas de una mezcla explosiva de rabia, tristeza y la certeza de que por fin había encontrado el asesino de su amada y de su hogar. Gritó:

Has dicho tus últimas palabras salvaje civilizado. ¡LÁSTIMA QUE NO FUERON SABIAS!

Más rápido que el ojo civilizado, ese salvaje, que parecía un simio en sus días más jóvenes, se movió tan rápido como una pantera y clavó su lanza en el pecho del hombre blanco, la hundió hasta que los gritos sorprendidos de su víctima fueron ahogados por la sangre que salía de su boca y hasta que sus ojos empezaron a mirar hacia el lugar al que irá después de que su respiración cese.

La compañera del salvaje y su hijo de dos meses han sido vengados y el corazón de un guerrero de la venganza ha descansado.

¿Y ahora qué?


lunes, setiembre 05, 2005

Famoso Desconocido


Érase una vez un mago, un hombre capaz de obrar de manera inteligente. Sus padres, los cuatro elementos. Sus hijos los fenómenos naturales. El mediador entre los elementos y la tierra. El mundo estaba a sus pies y sólo la mente y corazones humanos les eran difíciles de controlar. Era adorado por infinidad de naciones, aclamado por los niños, sublimado por las adolescentes, respetado por los adultos y considerado un maestro al ojo del anciano sabio de cada familia. Cada uno de sus poderes siempre traía como consecuencia una desgracia frenada, un milagro potenciado, un dolor evitado, un crimen resuelto y muchas almas tranquilas. No había quejas, no había detractores de sus acciones. Todo era perfecto, sólo que nunca ha podido dominar el corazón y la mente de los humanos, así, pensaba él, podría eliminar malos pensamientos e intenciones de unos contra otros, eliminar todo aquello que la Humanidad detestaba de sí misma. Evitar una venganza, hacer las veces de cupido y lograr la tan anhelada “Paz en la tierra”. Muchas eran las maravillas que este gran mago hacía por los hombres; era un superhéroe de lo místico, la magia al servicio de la humanidad. Sabía cómo satisfacer necesidades pero no podía adivinarlas. Uno más de los poderes anhelados, si tan solo pudiese adivinar lo que los demás quieren o necesitan pare ser felices o al menos para ser comprendidos, podría ayudar a muchas personas y, hasta de pronto, podría enamorarse más fácilmente, pues entre sus poderes no poseía la extroversión para cortejar a una dama o ganar amigos. Todas y cada una de sus cualidades, lo hacía un famoso desconocido.

La soledad de los demás era solucionable pero la suya no. No se diferenciaba en mucho de los otros superhéroes que las tiras cómicas o el séptimo arte han creado.
Alguna vez un anciano, de esos que saben más de lo que su cuerpo puede aguantar auguró:
“El héroe dejará de serlo por intentar ser héroe”.
Su nieto, su único escucha en ese momento le contesto:
“Abuelo, lo que es bueno nunca dejará de ser bueno”.

Dicen los que saben y los que cuentan cuentos que su afán de ayudar tratando de conocer los secretos de los corazones y mentes humanas lo llevó a la desesperación, tanto así que llegó hasta el punto de acudir a uno de esos magos de los que hablan las malas lenguas, magos que su olor no los deja salir, su imagen no los deja mostrarse y su sabiduría es tan peligrosa como un cuchillo en manos de un vengador. El mago de esos, a cambio de unas cuantas cosas que nunca se supo qué eran, le otorgó el poder de controlar y adivinar lo que desea cada uno de los corazones y las mentes humanas. Todo fue perfecto, cambió las mentes de lo malos, avivó los corazones de los tristes, hizo las veces de cupido, y desvaneció el mal juicio entre los hombres. Nada podía salir mal.

Cierto día, caminando por una de las calles de ese mundo que había construido gracias a sus deseos, advirtió que los demás lo miraban con algo de desprecio. El se preguntaba:
“¿Pero qué pasa? Sí yo les di paz, armonía, buenos sentimientos, buenos deseos, buenas intenciones. No existe la maldad en sus corazones ni en sus mentes, ¡Yo las erradiqué!”

El anciano le contestó:
“Amigo, tu intención es buena pero tu acción es mala. Adivinaste que mi hijo quería un auto nuevo y se lo diste, entendiste que el alcalde necesitaba capital para sus obras de embellecimiento urbano y se los proporcionaste, te diste cuenta que Juan se enamoró de María y ahora están casados. ¡Todo eso está muy bien! Pero en realidad nos despojaste de ilusiones, de la satisfacción de alcanzar las cosas por nuestros propios medios, nos robaste el libre albedrío, la posibilidad de arrepentirnos, de aprender de nuestros errores. Nos vendiste la falsa ilusión de que el mal no existe, sabiendo muy bien que sin él, el bien no puede ser tampoco. No es vida buena lo que nos has dado, sólo le compraste la tranquilidad al mago de esos. ¿Y cuánto te costó?”

El mago que otrora fue héroe y que ahora deseaba volver a ser un famoso desconocido le contestó:
“simplemente le di mi egoísmo”.

El viejo y el niño tenían la razón.

jueves, setiembre 01, 2005

Null


Conozcan a Null, un nuevo robot realizado con múltiples tecnologías recogidas de todas partes del universo de las emociones. Null es un robot inteligentemente emocional y ahora vive en una sociedad, con sus pares, en la que las emociones, antes humanas, han sido estandarizadas y cada reacción ha sido programada para una forma específica de acción. Gracias a los avances de las neurociencias de la prehistoria de esa raza, es decir, nuestra actual humanidad, se han podido descubrir algunas razones por las que las personas tenían conflictos tan grandes y habían tantas peleas y guerras entre una raza que supuestamente se cuidaba a sí misma. Luego de varias investigaciones antropológicas, se llegó a la conclusión de que la razón más frecuente de todo ello era que, a cada fenómeno, le correspondían diversas interpretaciones que, las más de las veces, chocaban las unas con las otras, provocando resentimientos y el recurso a la famosa tolerancia que no era más que la indiferencia disfrazada de virtud.

Esta sociedad ya tiene más de 4.000 años de existencia y nunca ha habido una guerra o diferencias entre religiones y políticas, sencillamente porque ya desaparecieron; su existencia se reduce a las bases de datos de las bibliotecas y la guerra no es más que una reproducción simbólica en los escenarios deportivos.

¡Qué belleza, la utopía de todos los tiempos ha sido realizada! ¡Por fin la paz perpetua ha sido alcanzada! Lo único malo es que desde hace cuarto mil años, no hay nuevos filósofos, no hay producción literaria, sólo hay un género de música, no hay artistas y la ciencia parece haberse estancado.